viernes, 10 de julio de 2009

El Mercader en Madrid y las amistades maravillosas


Por Hal Rocha

Es una brillante tarde de verano madrileño, y he quedado con mi buen amigo Rodrigo para ver los lienzos “Visiones de España”, que Joaquín Sorolla pintó para la Hispanic Society de Nueva York, y que cuelgan en las paredes del Museo del Prado hasta septiembre. El sistema de reservas de entradas no permite la adquisición anticipada para el pase de las 19, el último de los domingos. Tras una llamada, decidimos ver El mercader de Venecia, de William Shakespeare, que se representa en el Teatro Infanta Isabel hasta el 9 de agosto, en versión de Rafael Pérez Sierra y bajo la dirección de Denis Rafter. Con reparto inmejorable, sus personajes están extraordinariamente interpretados por la hermosa Natalia Millán como Porcia, Juan Gea como Antonio y Fernando Conde como Shylock.

Se levanta el telón, y la primera escena ya augura las enormes dimensiones de lo que vamos a presenciar. Varios actores enmascarados se adelantan y desde el proscenio nos miran. En un instante hemos pasado a ser actores al otro lado del barroco espejo y ellos audiencia. Hay ecos de Velázquez y Calderón de la Barca; faltaría más, dada la base literaria española de la obra. De pronto estamos todos, actores y audiencia, en el salón de la casa veneciana de Antonio el mercader, anfitrión jocoso y carismático, magnánimo y generoso en el cariño, afecto y alegría de vivir hacia todos los que le rodean.

La obra transcurre y el tiempo vuela. Recuerdo entretanto una ocasión hace años en que vi este drama-comedia en versión inglesa, una soleada tarde de verano y al aire libre en Spring Green, Wisconsin, con la gran American Players Theater. Entonces, como ahora, me emocioné muchísimo con el personaje de Shylock el usurero, víctima atormentada y reprimida que vuelca todo su dolor acumulado y pasa a ser victimario torturador y represor; acreedor primero y deudor después. ¿Es un reflejo justo del odio injusto y gratuito con que Venecia le ha tratado por ser judío? Viejos odios viejos.

Esta vez, sin embargo, me emociona mucho más la profunda amistad que une a Bassanio y Antonio. El primero está enamorado de la bella Porcia, pero no cuenta con los recursos para cortejar como se debe a la joven aristócrata veneciana. El segundo no duda ni un momento en acudir en su ayuda, avalando el préstamo de tres mil ducados con la garantía onerosa y mortal de una libra de carne que el prestamista, Shylock, podrá cortar a su antojo.

El resto de la trama es por todos conocido. Los barcos de Antonio se dicen naufragados y, en ruina financiera, éste no puede hacer frente al pago del crédito. Fernando Conde está a la altura y nos regala un Shylock con toda la intensidad dramática de quien se ve, por una vez, poderoso, y cegado por ese poder se dispone a ejecutar su garantía. Natalia Millán es una jurista travestida excepcional. Pero más allá de ese proceso judicial de infarto, para mí está el inmenso sentimiento que une a Antonio y Bassanio. Es amistad pura y sincera, de la que pocos afortunados en el mundo pueden presumir. Trasciende lo carnal y lo banal, es sublime y elude el verbo. Quien ha tenido una amistad así sabe muy bien de qué hablo.

Yo he tenido la gran fortuna de compartir amistades como la del mercader y su amigo. No hay mayor riqueza que ésa, cuando te sabes capaz de hacer lo que haga falta por quien quieres y te sientes correspondido. Uno de esos amigos está en la audiencia y al percatarme me convierto, como en la primera escena de esta representación, a la vez en Bassanio y en Antonio. Cuán mejor sería el mundo si muchos más pudieran decir lo mismo.


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2 comentarios:

  1. Gracias por lo que me corresponde. Sabes que el sentimiento es mutuo.

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  2. Gracias por lo que me corresponde. Sabes que el sentimiento es mutuo.

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