
Por Hal Rocha
Ayer lunes, 20 de julio, se cumplieron 40 años de la llegada del hombre a la luna. No deja de ser curioso que la prensa de varios países se aprestase a celebrar el aniversario y a revivir la ilusión de quienes contemplaron esos momentos en las pantallas de sus televisores. Y no podría ser de otra manera, con frases tan auspiciosas como lo del pequeño paso de Armstrong y el gran paso para la humanidad. Pero, ¿qué hay de esas aseveraciones según las cuales las imágenes que todos hemos visto se grabaron en un estudio de Hollywood? ¿Carecía en realidad la NASA de la capacidad de llevar y traer una nave tripulada al satélite natural de la tierra? ¿Sería capaz el gobierno de Nixon de inventarse semejante noticia? ¿Podría ser ése el gran fraude del pasado siglo?
He escuchado atentamente los argumentos en pro y en contra del mito éste, que como dice mi amigo Ricardo, va de la mano con muchos otros, como los del Holocausto, el asesinato de JFK, y el 11 de septiembre. Y si no tuviésemos aún frescas en la memoria las imágenes de Colin Powell en el Consejo de Seguridad de la ONU intentando convencer sobre la existencia de armas de destrucción masiva, sería mucho más fácil desestimarlo como eso, un mito urbano como muchos otros.
Más allá de los análisis pictóricos, que parecen ahora refutar las cintas restauradas y las imágenes de una sonda que apunta el sitio exacto donde aterrizó el módulo Águila, publicadas este fin de semana por la NASA, y que una generación más que acostumbrada a las maravillas del Photoshop y otros programas de manipulación digital de imágenes probablemente recibirá con cierto grado de indiferencia, está la pregunta del por qué no se ha repetido la hazaña.
Desde el punto de vista histórico-político, creo que se debe a una serie de factores, que empiezan por Watergate, el gobierno de transición de Ford, la crisis económica de finales de los 70 y principios de los 80, y las prioridades de Carter, Reagan, Bush 41, Clinton, y Bush 43. http://www.nytimes.com/2009/07/19/opinion/19wolfe.html?_r=1 Quizás ahora la administración Obama quiera dar un giro al programa espacial, y se utilice este aniversario para centrar la atención necesaria. Que los soviéticos y sus sucesores no lo hayan intentado también es curioso pero lógico, dada la trayectoria de la URSS.
Y luego están las razones que impulsan este tipo de mitos. ¿Quién gana al perpetuarlos? ¿Quién pierde? Supongo que la respuesta más inmediata es que son aquéllos que se empeñan en acreditar o desacreditar la superioridad tecnológica de EE.UU., y ellos sabrán sus motivos. Y los que no vamos por allí, ¿ganamos o perdemos? Ustedes dirán.
He escuchado atentamente los argumentos en pro y en contra del mito éste, que como dice mi amigo Ricardo, va de la mano con muchos otros, como los del Holocausto, el asesinato de JFK, y el 11 de septiembre. Y si no tuviésemos aún frescas en la memoria las imágenes de Colin Powell en el Consejo de Seguridad de la ONU intentando convencer sobre la existencia de armas de destrucción masiva, sería mucho más fácil desestimarlo como eso, un mito urbano como muchos otros.
Más allá de los análisis pictóricos, que parecen ahora refutar las cintas restauradas y las imágenes de una sonda que apunta el sitio exacto donde aterrizó el módulo Águila, publicadas este fin de semana por la NASA, y que una generación más que acostumbrada a las maravillas del Photoshop y otros programas de manipulación digital de imágenes probablemente recibirá con cierto grado de indiferencia, está la pregunta del por qué no se ha repetido la hazaña.
Desde el punto de vista histórico-político, creo que se debe a una serie de factores, que empiezan por Watergate, el gobierno de transición de Ford, la crisis económica de finales de los 70 y principios de los 80, y las prioridades de Carter, Reagan, Bush 41, Clinton, y Bush 43. http://www.nytimes.com/2009/07/19/opinion/19wolfe.html?_r=1 Quizás ahora la administración Obama quiera dar un giro al programa espacial, y se utilice este aniversario para centrar la atención necesaria. Que los soviéticos y sus sucesores no lo hayan intentado también es curioso pero lógico, dada la trayectoria de la URSS.
Y luego están las razones que impulsan este tipo de mitos. ¿Quién gana al perpetuarlos? ¿Quién pierde? Supongo que la respuesta más inmediata es que son aquéllos que se empeñan en acreditar o desacreditar la superioridad tecnológica de EE.UU., y ellos sabrán sus motivos. Y los que no vamos por allí, ¿ganamos o perdemos? Ustedes dirán.
