viernes, 26 de junio de 2009

Había una vez un niño negro llamado Michael

Esta mañana nos hemos despertado en Madrid con la noticia de la muerte de Michael Jackson, que ocurrió cerca de la media noche, hora estival peninsular, nueve horas antes en Los Ángeles. La noticia ha trascendido con tal brillo que casi eclipsa todo lo demás, ocupando, no sin cierta descortesía inoportuna e impertinente, las primeras imágenes de los telediarios y los primeros sorbos del café matutino. ¿A qué viene tanta conmoción?

Sin duda, el Rey del Pop caló en la conciencia colectiva de distintas formas y a distintos niveles, y la enorme cornucopia de mitos que cultivó a lo largo de sus 50 años de vida provoca reacciones extremas y opuestas, en una complejidad incoherente y desproporcionada. Sumarme, pues, a los ríos de tinta y cyberbites que hoy cruzan el planeta comentando la noticia de su muerte, me parece una indiscreta indulgencia personal, más si la valoramos en relación con las de otros sucesos que ocurren en el mundo. Sin embargo lo hago en diálogo con el gran escritor y periodista canario Juan Cruz, quien en su blog "Mira que te lo tengo dicho", analiza la figura de Jackson como reflejo de la ansiedad de nuestro tiempo.
http://blogs.elpais.com/juan_cruz/2009/06/michael-y-la-ansiedad-de-nuestro-tiempo.html

Es muy difícil entender el personaje fuera del contexto socio-cultural en que existió la persona. Su vida pública, que él se propuso revestir de transparencia impúdica aunque enmascarada en conductas histriónicas, fetichistas, aberradas y puntualmente agorafóbicas, probablemente le despojaba de toda fortaleza interior, convirtiéndole en un ser muy frágil y, por ende, humano. Pero allí está la paradoja: su afán de alcanzar esa humanidad plena y absoluta, tal y como él la concebía, acabó convirtiéndole en el personaje grotesco y extravagante que todos parecemos incapaces de olvidar.

Quería vencer y trascender al tiempo viviendo ya en la madurez como el niño eterno del País de Nunca Jamás; al género, morphing en andrógino bordeando la transexualidad; a la raza, despigmentándose la piel, alisando su pelo y pasando por el quirófano para borrar sus facciones africanas; a la condición humana, oxigenándose para ralentizar su envejecimiento; a sus orígenes, habitando palacetes y comprando excéntricas antigüedades como el esqueleto del hombre-elefante; y por último a la realidad, deambulando por el mundo como un dibujo animado japonés: intemporal, ingenuo e intrépido; asexual, ideal y global; a veces super-héroe, otras super-villano, y casi siempre todo lo contrario.

Su valentía, aunque quijotesca y trágica a más no poder, forma parte de su aportación artística y filantrópica. Procuró, probablemente sin éxito, una autenticidad interior, liberada de las variables externas que le atormentaban obsesivamente. En una sociedad como la estadounidense, que sigue siendo primordialmente moderna y que necesita de íconos y encasillamientos para poder funcionar con eficiencia, él se rebeló todo lo que pudo, pero al final perdió. Ayer entró irredento en la inmortalidad, siendo aún monstruo y sin que parezca, desde fuera, que haya logrado siquiera acercarse a los más preciados de los propósitos humanos que tanto cantó: amar y ser feliz.


Sus fans en Madrid le recordarán esta tarde a las 21 en el Hard Rock Café, cerca de la Plaza de Colón, como varios millones de sus demás seguidores en muchas otras partes del mundo. Yo me quedaré en casa leyendo el periódico y escuchando a los Jackson Five.

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