martes, 21 de julio de 2009

Un gran paso o un gran fraude: ¿Importa?


Por Hal Rocha

Ayer lunes, 20 de julio, se cumplieron 40 años de la llegada del hombre a la luna. No deja de ser curioso que la prensa de varios países se aprestase a celebrar el aniversario y a revivir la ilusión de quienes contemplaron esos momentos en las pantallas de sus televisores. Y no podría ser de otra manera, con frases tan auspiciosas como lo del pequeño paso de Armstrong y el gran paso para la humanidad. Pero, ¿qué hay de esas aseveraciones según las cuales las imágenes que todos hemos visto se grabaron en un estudio de Hollywood? ¿Carecía en realidad la NASA de la capacidad de llevar y traer una nave tripulada al satélite natural de la tierra? ¿Sería capaz el gobierno de Nixon de inventarse semejante noticia? ¿Podría ser ése el gran fraude del pasado siglo?

He escuchado atentamente los argumentos en pro y en contra del mito éste, que como dice mi amigo Ricardo, va de la mano con muchos otros, como los del Holocausto, el asesinato de JFK, y el 11 de septiembre. Y si no tuviésemos aún frescas en la memoria las imágenes de Colin Powell en el Consejo de Seguridad de la ONU intentando convencer sobre la existencia de armas de destrucción masiva, sería mucho más fácil desestimarlo como eso, un mito urbano como muchos otros.

Más allá de los análisis pictóricos, que parecen ahora refutar las cintas restauradas y las imágenes de una sonda que apunta el sitio exacto donde aterrizó el módulo Águila, publicadas este fin de semana por la NASA, y que una generación más que acostumbrada a las maravillas del Photoshop y otros programas de manipulación digital de imágenes probablemente recibirá con cierto grado de indiferencia, está la pregunta del por qué no se ha repetido la hazaña.

Desde el punto de vista histórico-político, creo que se debe a una serie de factores, que empiezan por Watergate, el gobierno de transición de Ford, la crisis económica de finales de los 70 y principios de los 80, y las prioridades de Carter, Reagan, Bush 41, Clinton, y Bush 43. http://www.nytimes.com/2009/07/19/opinion/19wolfe.html?_r=1 Quizás ahora la administración Obama quiera dar un giro al programa espacial, y se utilice este aniversario para centrar la atención necesaria. Que los soviéticos y sus sucesores no lo hayan intentado también es curioso pero lógico, dada la trayectoria de la URSS.

Y luego están las razones que impulsan este tipo de mitos. ¿Quién gana al perpetuarlos? ¿Quién pierde? Supongo que la respuesta más inmediata es que son aquéllos que se empeñan en acreditar o desacreditar la superioridad tecnológica de EE.UU., y ellos sabrán sus motivos. Y los que no vamos por allí, ¿ganamos o perdemos? Ustedes dirán.

viernes, 10 de julio de 2009

El Mercader en Madrid y las amistades maravillosas


Por Hal Rocha

Es una brillante tarde de verano madrileño, y he quedado con mi buen amigo Rodrigo para ver los lienzos “Visiones de España”, que Joaquín Sorolla pintó para la Hispanic Society de Nueva York, y que cuelgan en las paredes del Museo del Prado hasta septiembre. El sistema de reservas de entradas no permite la adquisición anticipada para el pase de las 19, el último de los domingos. Tras una llamada, decidimos ver El mercader de Venecia, de William Shakespeare, que se representa en el Teatro Infanta Isabel hasta el 9 de agosto, en versión de Rafael Pérez Sierra y bajo la dirección de Denis Rafter. Con reparto inmejorable, sus personajes están extraordinariamente interpretados por la hermosa Natalia Millán como Porcia, Juan Gea como Antonio y Fernando Conde como Shylock.

Se levanta el telón, y la primera escena ya augura las enormes dimensiones de lo que vamos a presenciar. Varios actores enmascarados se adelantan y desde el proscenio nos miran. En un instante hemos pasado a ser actores al otro lado del barroco espejo y ellos audiencia. Hay ecos de Velázquez y Calderón de la Barca; faltaría más, dada la base literaria española de la obra. De pronto estamos todos, actores y audiencia, en el salón de la casa veneciana de Antonio el mercader, anfitrión jocoso y carismático, magnánimo y generoso en el cariño, afecto y alegría de vivir hacia todos los que le rodean.

La obra transcurre y el tiempo vuela. Recuerdo entretanto una ocasión hace años en que vi este drama-comedia en versión inglesa, una soleada tarde de verano y al aire libre en Spring Green, Wisconsin, con la gran American Players Theater. Entonces, como ahora, me emocioné muchísimo con el personaje de Shylock el usurero, víctima atormentada y reprimida que vuelca todo su dolor acumulado y pasa a ser victimario torturador y represor; acreedor primero y deudor después. ¿Es un reflejo justo del odio injusto y gratuito con que Venecia le ha tratado por ser judío? Viejos odios viejos.

Esta vez, sin embargo, me emociona mucho más la profunda amistad que une a Bassanio y Antonio. El primero está enamorado de la bella Porcia, pero no cuenta con los recursos para cortejar como se debe a la joven aristócrata veneciana. El segundo no duda ni un momento en acudir en su ayuda, avalando el préstamo de tres mil ducados con la garantía onerosa y mortal de una libra de carne que el prestamista, Shylock, podrá cortar a su antojo.

El resto de la trama es por todos conocido. Los barcos de Antonio se dicen naufragados y, en ruina financiera, éste no puede hacer frente al pago del crédito. Fernando Conde está a la altura y nos regala un Shylock con toda la intensidad dramática de quien se ve, por una vez, poderoso, y cegado por ese poder se dispone a ejecutar su garantía. Natalia Millán es una jurista travestida excepcional. Pero más allá de ese proceso judicial de infarto, para mí está el inmenso sentimiento que une a Antonio y Bassanio. Es amistad pura y sincera, de la que pocos afortunados en el mundo pueden presumir. Trasciende lo carnal y lo banal, es sublime y elude el verbo. Quien ha tenido una amistad así sabe muy bien de qué hablo.

Yo he tenido la gran fortuna de compartir amistades como la del mercader y su amigo. No hay mayor riqueza que ésa, cuando te sabes capaz de hacer lo que haga falta por quien quieres y te sientes correspondido. Uno de esos amigos está en la audiencia y al percatarme me convierto, como en la primera escena de esta representación, a la vez en Bassanio y en Antonio. Cuán mejor sería el mundo si muchos más pudieran decir lo mismo.


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sábado, 4 de julio de 2009

Cuatro de julio: independencia y libertad


Por Hal Rocha

Hoy es cuatro de julio, día en que los estadounidenses celebramos el aniversario de la firma de un documento por el cual los ciudadanos de las Trece Colonias dejaban de regirse por voluntad de la corona británica. En los 233 años transcurridos desde aquel día, se ha forjado una gran nación que hoy integramos más de 300 millones de seres humanos, y que sigue siendo el eje primordial de referencia, o primera potencia, en el mundo.

Sin embargo, no todos los principios que sustentan el manifiesto de independencia y la Constitución que seguiría después, se observan con prístina claridad hoy día. Aunque hemos iniciado el retiro de nuestras tropas en Irak, adonde llegamos en una misión que después se justificaría -- sin el convencimiento de la mayoría -- como propagadora de las libertades democráticas, no podemos responder a la interrogante acusadora del resto del mundo: ¿cuál ha sido nuestra aportación? Porque si bien nos marchamos cuando ya existe un cierto orden, se han celebrado elecciones, y hay un nuevo gobierno iraquí, cargamos en nuestra conciencia colectiva con los horrores de una guerra que iniciamos fuera de la legalidad internacional, y que nos ha dejado Abú Grahib y centenares de miles de víctimas civiles.

Por otro lado, bajo la administración Obama, hemos también iniciado el proceso de rectificación con respecto a la prisión de Guantánamo. Con la cooperación de varios países de la Unión Europea, entre ellos España, buscamos devolver la legalidad al proceso contra los prisioneros, y abandonar de una vez por todas las prácticas que atentan contra todos los principios reconocidos en defensa de los Derechos Humanos. Hay que recordar que varios ciudadanos estadounidenses permanecieron allí, bajo la etiqueta de "enemigo combatiente", desprovistos de todas las garantías que les corresponden bajo la Constitución y la Carta de Derechos Fundamentales (Bill of Rights). Y luego, que la historia nos recordará la utilización de técnicas como el ahogamiento simulado, las detenciones, secuestros, y traslados a prisiones secretas no sólo en ese rincón del Caribe, sino en otros países del planeta.

Finalmente, debemos también recordar a los cerca de 12 millones de residentes irregulares que aportan con su trabajo al desarrollo económico del país, y que sin embargo viven no sólo en la sombra, sino bajo el acecho de los llamados vigilantes, que toman la ley en sus manos y les persiguen en una cruzada xenófoba y racista, muchas veces a punta de armas de fuego. La administración Obama está cumpliendo con su promesa de procurar una solución a este problema, proponiendo legalizar el estatus de esos inmigrantes e implementar un sistema que permita mejor control de las fronteras. Sin embargo, el proyecto de ley está encajonado por falta de apoyos en el Congreso. La economía, parece, tiene prioridad.

Ojalá que este día sirva no sólo para celebrar éxitos y logros colectivos como país, sino también para reflexionar sobre la historia reciente y los pasos que debemos dar, de aquí en adelante, para volver a gozar del pleno respeto que como gran nación nos han deparado el resto de miembros de la comunidad internacional a través de los años.

Feliz día.

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miércoles, 1 de julio de 2009

Honduras: Cruzada sin vencedores y una clara perdedora

La noticia del inminente regreso del depuesto ex-Presidente Zelaya a Tegucigalpa, arropado por el secretario general de la OEA y mandatarios latinoamericanos, representa un triunfo discursivo populista y demagógico en la diplomacia internacional y marcará hito en la historia política del hemisferio. Si, además, se efectúa la restitución de su gobierno, menospreciando el carácter nacional de un conflicto primordialmente jurídico, aunque con dimensiones y consecuencias políticas, se habrá consumado una cruzada en la que no habrá vencedores pero sí una clara perdedora – la legalidad constitucional y democrática.

No cabe duda que la detención y posterior expulsión del hoy ex-Presidente por un comando militar la madrugada del domingo disparan todas las alertas democráticas. Una lectura superficial y apresurada de estos hechos explica las reacciones de condena en la comunidad internacional. Éstas hablan del “retorno” a la constitucionalidad, al estado de derecho y al imperio de la ley, con la repulsa implícita hacia los militares por supuestamente violentar todo lo anterior, e insisten en definirlo como un golpe militar, análogo al que se dio en Chile en 1973.

Una lectura más profunda y cuidadosa, sin embargo, revela que el depuesto presidente fue quien en primera instancia violentó la Constitución y la legalidad, en impetuoso desafío al criterio de los otros poderes del Estado, a las instituciones y a la sociedad civil hondureña.

Está claro que las formas han prejuiciado gravemente el contenido. Su espectacular detención y vertiginoso traslado a Costa Rica recuerdan con cercanía incómoda al programa Rendition de la Administración Bush y al modus operando de las dictaduras latinoamericanas de antaño, y son insostenibles bajo todo precepto jurídico. Los Derechos Humanos reconocidos garantizan un juicio justo y prohíben la indefensión.

No obstante, el proceso de destitución tiene una trayectoria más amplia y, salvo alguna novedad, parece estar provisto de sólido apoyo jurídico. Al promulgar el Decreto PCM-020, el Sr. Zelaya convirtió la consulta del domingo en referendo constitucional y prevaricó, violentando también los artículos 321 y 322 de la carta magna hondureña. Por recurso del Ministerio Público, el Tribunal de Letras de lo Contencioso Administrativo ordenó a las Fuerzas Armadas requisar el material a utilizarse en la consulta ilegal, según el Artículo 313. La Corte Suprema ratificó esa orden, y los militares actuaron bajo el Artículo 323.

El Congreso consideró la carta de renuncia irrevocable del ex-Presidente con fecha 25 de junio, cuya autenticidad hasta hoy no ha sido desvalorada. Según el Artículo 242, le destituyó e invistió un nuevo Ejecutivo que ha garantizado su permanencia temporal en el poder y la continuidad de los comicios presidenciales de noviembre.

El ex-Presidente violentó el orden constitucional y desacató el dictamen del Poder Judicial y del Tribunal Supremo Electoral, así como las protestas del Poder Legislativo y de la sociedad civil. Las Fuerzas Armadas siguieron órdenes del Poder Judicial para restablecer el orden constitucional y actuaron, así, en defensa y no en contra de la legalidad y de la democracia hondureña. El Poder Legislativo se ajustó a la Constitución y el nuevo Presidente ha llegado al poder por un proceso en toda regla.

Cabe entonces plantearse cuál debe ser el lente paradigmático: Chile en 1973 o Estados Unidos en 2000. Tras conocerse el fallo de la Corte Suprema en el caso Bush v. Gore, 531 U.S. 98, el Ejecutivo de Bill Clinton no dudó un solo momento en acatarlo, pese a su desacuerdo personal y al de su partido. El respeto a la constitución estadounidense primó sobre cualquier diferencia política. Nadie se planteó usurpar el equilibrio constitucional de los Poderes del Estado, como hizo el ex-Presidente hondureño.

Si los sucesos del fin de semana se ajustan a la legalidad constitucional, entonces el “golpe” no es golpe. La cruzada de rechazo por parte de la comunidad internacional, aunque bien intencionada, es una respuesta política que carece de sustento jurídico. Si el Sr. Zelaya vuelve a gobernar, la clara perdedora será, irónicamente, la misma que se la comunidad internacional pretende salvar.

Como diría Unamuno, creerán que han vencido, pero no habrán convencido.


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